Octubre de 2026 puede significar un antes y después para la mayoría de los países europeos luego de las protestas masivas y violentas en Francia, Italia, Bélgica, Albania y algo más pacíficas en España, Serbia y Portugal. Se mezclan legítimos reclamos de estudiantes de colegios y universidades con la imposibilidad de la clase media para comprar o pagar alquileres, y luego, aprovechando la empatía que estas demandas causan se aprovechan sindicatos, partidos políticos de izquierda radical y no pueden faltar los vándalos y maleantes para destruir por destruir (nihilismo) y saquear tiendas
En todo caso, los políticos de extrema izquierda están haciendo de tontos útiles para que los de extrema derecha ganen popularidad con sus discursos de orden y defensa de la ciudadanía que a mediano o largo plazo influirá en resultados electorales.
En América Latina la estadía de Lula en el poder hará que la influencia de Trump no sea total; el regreso de María ¨Coraje¨ Machado a Venezuela apresurará los tiempos de sea lo que sea vaya a suceder; el fenómeno del ¨Niño¨ en el Pacífico ya es un desafío para varios gobiernos que pagan las consecuenciu logrará sostenerse en el poder con su ajustada victoria o la oposición, uniéndose a un partido árabe, logra formar un nuevo gobierno.
¨October Rain¨ una canción que compitió en Eurovisión 2025 describe, con la metáfora de un huracán, lo que fue la tragedia de la masacre perpetrada por Hamas contra civiles israelíes el 7 de octubre de 2023 y que ha influido en las elecciones de Israel, el aumento del antisemitismo, la cultura de la protesta, el conflicto con Irán, etc. Octubre se ha convertido en un mes de importantes cambios:
En octubre de 2026, la web del diario español Debate publicó un artículo del abogado, economista y columnista Ignacio Foncillas titulado «El desprestigio del Nobel de la Paz». Sus reflexiones son pertinentes ante la polémica por la concesión del Nobel de la Paz 2026 a Navi Pillay, abogada sudafricana reconocida por su lucha contra el apartheid y su participación en causas relacionadas con el genocidio de Ruanda y las investigaciones sobre la guerra de Gaza.
El problema con el Nobel a Pillay es doble. Primero, consolida el uso tergiversado de la palabra «genocidio» para describir el conflicto de Gaza, algo que, en el mejor de los casos, responde a activismo político y, en el peor, encubre una nueva forma de antisemitismo. Jurídicamente, el genocidio exige demostrar la intención específica de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Considero que esa intención no ha sido demostrada en Gaza, más allá de las inaceptables declaraciones de algunos ministros israelíes ajenos a las decisiones militares. La acusación de genocidio se tramitó ante la Corte Internacional de Justicia, que decidió acusar a Netanyahu de crímenes de guerra, no de genocidio. Ni siquiera Pillay tuvo la humildad de sus pares, los fiscales de esta última.
Foncillas añade una crítica contundente: «El premio a Navi Pillay confirma un problema más profundo: un galardón creado para honrar la paz se ha convertido, demasiadas veces, en el instrumento con el que el establishment internacional se premia a sí mismo con una clara agenda política».
Y prosigue: «El Comité Nobel ya no está premiando simplemente a una persona. Está premiando una concepción del mundo: tribunales supranacionales, Naciones Unidas, jurisdicciones internacionales y una arquitectura burocrática que se considera depositaria de una legitimidad moral superior a la de los Estados y, demasiadas veces, a la de sus ciudadanos».
Las instituciones buscan aumentar su prestigio para ganar más dinero y ampliar a su personal y mandato. El Nobel de la Paz debería entregarse, exclusivamente, a personas que arriesgan sus vidas y libertad por causas justas.
Las recientes victorias electorales del partido de extrema derecha Alternativa por Alemania (AfD) en dos estados federados (Länder) de la ex Alemania Oriental han generado alarma en la todavía mayoritariamente moderada ciudadanía alemana, que ha sabido, política, cultural y educativamente, repudiar desde el fin de la II Guerra Mundial su pasado nazi y construir una democracia sustentada en un ¨Nunca Más¨: no volver a ser victimarios ni tener un Estado que discrimine o viole los derechos humanos.
Más recientemente ocurrió otra ¨catástrofe¨ para los partidos de centro que han dominado la política alemana de posguerra: la Unión Cristianodemócrata (CDU), de figuras como Konrad Adenauer, fundador de Alemania Occidental (RFA); Helmut Kohl, protagonista de la reunificación de la RFA con la Alemania Oriental comunista; Angela Merkel y el actual canciller Merz, junto al Partido Social Demócrata de estadistas como Willy Brandt y Helmut Schmidt.
No solo ha crecido AfD: en la ciudad-estado de Berlín también ganó terreno Die Linke, partido de extrema izquierda identificado con el marxismo-leninismo de la Alemania Oriental anterior a la caída del Muro de Berlín en 1989.
Como he resaltado en varios artículos, los extremos se tocan. La polarización extrema puede llevar a que muchos, por oposición, terminen votando por el extremo contrario. Y el discurso antisistema de AfD y Die Linke presenta sorprendentes coincidencias. El primero, en nombre de la patria; el segundo, en nombre del pueblo. Ambos cuestionan la inmigración y plantean establecer centros para inmigrantes en lugares aislados, ambos propugnan distanciarse de la Unión Europea porque consideran que reduce la soberanía alemana y ambos plantean dejar de apoyar a Ucrania frente a Rusia.
Las motivaciones, sin embargo, no son idénticas: AfD busca también recuperar relaciones comerciales con Putin, en un país históricamente dependiente del petróleo y gas ruso, mientras Die Linke mantiene una posición de cercanía con la potencia que dominó la antigua Unión Soviética, principal aliada de Alemania Oriental.
¿Se encuentra Alemania en un situación parecida cuando a partir de 1928 el Partido Nazi comenzó a ganar populidad y escaños para cinco años después, democráticamente, llegara al poder Hitler?
La República de Weimar es el término adoptado por historiadores para denominar a la Alemania derrotada en la I Guerra Mundial (1914-1918), donde se estableció la Constitución de la nueva democracia. En esa ciudad, cuna del ilustre Goethe, se mantuvo la sede del gobierno debido a la violencia que ocurría en Berlín, hasta que los nazis llegaron al poder en 1933.
Los ciudadanos de Weimar sufrieron las draconianas condiciones impuestas por Francia y Reino Unido: millonarias reparaciones de guerra, restricciones a sus Fuerzas Armadas y una hiperinflación que en 1923 llegó a 4,2 billones de marcos por dólar, seguida por la Gran Depresión de 1929. Para muchos historiadores, las humillantes condiciones del Tratado de Versalles alimentaron el resentimiento, el deseo de venganza y la polarización que fortalecieron a los dos partidos extremistas de Weimar: comunistas y nacionalsocialistas (nazis).
Por supuesto, la crisis económica de la Alemania actual no es remotamente parecida a la de Weimar. Pero un país convertido en el ¨milagro económico¨ de Europa, con condiciones de vida envidiables y un sistema democrático estable, enfrenta una prueba de fuego desde la crisis mundial de 2008, la llegada de casi un millón de inmigrantes de Medio Oriente en 2016, las sanciones contra Rusia desde la anexión de Crimea en 2014 que desde la invasión de Ucrania en 2022 redujo drásticamente el suministro de gas y petróleo ruso, del cual Alemania dependía. A ello se suma el desafío de la industria automotriz ante la competencia china.
Para muchos, comparar la Alemania de 2026 con la Weimar de 1928-1933 es exagerado. La Ley Fundamental de Bonn, promulgada en 1949, impide que quien llegue al poder centralice una república federal y trasgreda su primer artículo: la dignidad humana es inviolable. Además, el artículo 79 protege los principios básicos de la democracia, precisamente para evitar otra transformación como la realizada por Hitler en 1933.
Alemania 2026 no es Weimar 1933, pero hay que tener extremo cuidado: no se debe subestimar ni la desmemoria histórica ni la tolerancia al populismo de cualquier ideología.
Más allá del debate sobre la política seguida por el gobierno de Netanyahu en Gaza luego de la masacre perpetrada hace tres años por Hamas en territorio israelí, hay eventos que deben llamarse por su nombre. El ataque del 7 de octubre de 2023, que implicó el asesinato de más de 1.200 israelíes, más de 4.000 heridos, más de 200 secuestrados —muchos de los cuales permanecieron torturados en túneles— y numerosas violaciones, degollamientos y otras terribles agresiones, fue terrorismo, sin importar cómo simpatizantes de la causa palestina o antisemitas intenten distorsionar el concepto.
“Muchas de las protestas contra la estrategia del gobierno de Netanyahu durante la guerra en Gaza han sido legítimas. Sin embargo, otras fueron impulsadas por simpatizantes de Hamas que manipularon a personas poco informadas sobre el conflicto, llevándolas a portar consignas como ‘Del río al mar, Palestina será libre’, sin comprender su carácter abiertamente genocida: la eliminación de Israel entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, no su coexistencia con un Estado palestino”.
Utilizar la palabra genocidio para describir el conflicto entre Israel y Hamas —no contra el pueblo palestino— más que erróneo, revela ignorancia o antisemitismo velado bajo una supuesta crítica a Israel.
PERIODISTA CHRIS COUMO ARGUMENTA POR QUÉ CONSIDERA QUE LA UTILIZACIÓN DE LA PALABRA GENOCIDIO POR PARTE DE ALGUNOS POLÍTICOS DEL PARTIDO DEMÓCRATA NO SOLO ES ERRÓNEA SI NO TAMBIÉN UTILIZADA CON FINES PROPAGANDÍSTICOS.TRATE UD DE ESCUCHAR SU ARGUMENTACIÓN SIN PREJUICIOS QUERIDO LECTOR.
TAMBIÉN RECOMIENDO QUE INTENTE SER NEUTRAL AL VER ESTE EDITORIAL HUMORÍSTICO PERO DE GRAN PROFUNDIDAD REFLEXIVA DEL HUMROISTA POLÍTICO BILL MAHER A PRÓPOSITO DEL ANIVERSARIO 25 DEL 11-SE EN ESTADOS UNIDOS:
Pero el caso del avión de FlyDubai, cuyo copiloto intentó asesinar al piloto y provocó una situación que pudo terminar en tragedia, vuelve a plantear cómo el uso —u omisión— de determinados conceptos puede desvirtuar un hecho. Titulares de medios internacionales hablaron de “un incidente entre los pilotos”, “un apuñalamiento en un vuelo rumbo a Israel”, o “un ataque cuya motivación se investiga”. ¿Por qué no utilizar directamente el término terrorismo?
¿Acaso no fue la intención del copiloto estrellar el avión y asesinar a más de cien israelíes? No dudo que la palabra terrorismo habría aparecido de inmediato si se hubiera tratado de cualquier otro vuelo con pasajeros de otra nacionalidad.
A PILOT BRAWL? ¿UNA PELEA ENTRE PILOTOS? ¿ASÍ DESCRIBE REUTERS EL ATAQUE DE UN COPILOTO A UN PILOTO CON UN OBJETO PUNZANTE INTENTANDOO DERRIBAR UN AVIÓN CON PASAJEROS!
HAY ASUNTOS POR INVESTIGAR SOBRE EL ATENTADO PERO YA SE SABE QUE EL COPILOTO OMANÍ ERA UN YIHADISTA (GUERRERO ISLAMISTA) Y LAS IMAGENES FILMADAS POR PASAJEROS CON CELULARES REVELAN LA IMPOSIBLIDAD DE QUE LA HISTORIA QUE ELLOS CUENTAN SEA UN MONTAJE. ¿TAN DIFÍCIL ES RECONOCER QUE LOS JUDÍOS LLEVAN SIGLOS SUFRIENDO DE PERSECUSIÓN, PREJUICIOS Y TERRORISMO?
¡Cuidado! Estamos acostumbrándonos a usar términos calumniosos u hacer omisiones intencionales cuando se trata de israelíes o del pueblo judío. Y eso, junto con la normalización de deslegitimar el derecho de Israel a existir —lo que no niega el derecho a establecer un Estado palestino— es el nuevo formato del antisemitismo del siglo XXI.
EL PODCAST YOUNG TURKS DE LOS IZQUIERDISTAS RADICALES CENK UYGUR Y ANA KASPARIAN NO PUEDE RECONOCER, NI UNA VEZ, QUE ISRAELÍES PUEDEN SER VÍCTIMAS DE UN ATENTADO. EN ESTE CASO, PARA ELLOS FUE UN ¨FALSE FLAG¨, UN MONTAJE. CUANDO ALGUIEN NO ES CAPAZ NUNCA DE VER QUE NO TODOS LAS PERSONAS DE UN PAÍS, DE UN GRUPO ÉTNICO, UN PUEBLO O UNA RELIGIÓN PUEDEN SER PERSONAS BUENAS Y SIEMPRE SON PERVERSOS ASESINOS, NO IMPORTA DE SOBRE A QUIÉN SE REFIEREN, ESO REFLEJA UNA INCAPACIDAD SUPREMA DE INTENTAR SER NEUTRALES LO CUAL IMPLICA INTOLERANCIA, RACISMO, EXTREMISMO IDEOLÓGICO O RELIGIOSO Y EN ESTE CASO PARTICULAR: ANTISEMITISMO ESCONDIDO BAJO LA ABSURDA PRETENSIÓN DE ANTISIONISMO.
HAY UNA CANCIÓN ISRAELÍ RECIENTE CANTADA POR IDAN AMEDI QUE, MÁS ALLÁ DE TODA POLÉMICA POR LA GUERRA DE GAZA, HABLA DEL HEROISMO DE TODOS LOS RESERVISTAS ISRAELÍES QUE ANUALMENTE DEBEN DEJAR SUS LABORES HABITUALES, COMO EL PLOMERO QUE TOMÓ LA INICIATIVA EN EL VUELO DE FLYDUBAI, PARA DEDICAR UNAS SEMANAS A ENTRENARSE EN CASO DE GUERRA. DADA LA PARTICIPACIÓN DE LOS RESERVISTAS EN OPERACIONES DELICADAS EN GAZA, EL LÍBANO E IRÁN EN LOS ÚLTIMOS TRES AÑOS LOS COMPOSITORES DEDICARON ESTÁ CANCIÓN A TODOS ELLOS CALIFICANDOLOS DE ¨SUPERHERÓES¨. ESO ES LO QUE OCURRIÓ EN EL AVIÓN (INCLUYENDO AL PILOTO INDIO)
Como siempre en septiembre, la ONU se convierte en la pasarela donde varios jefes de gobierno tienen unos minutos para vanagloriarse de sus supuestas acciones “por la paz y la solidaridad” internacional.
Antes y ahora hubo discursos mentirosos, situaciones absurdas —como el presidente soviético Jrushchev golpeando con su zapato la mesa de su delegación por su desacuerdo con un orador; las casi cuatro horas y media de discurso de Fidel Castro; o el dictador libio Gadafi rompiendo la Carta de la ONU durante una intervención— y cierto surrealismo.
Pero en los cínicos tiempos de hoy, ya todo parece permisible.
Mientras una misión internacional independiente de la ONU sobre los Derechos Humanos en Venezuela advierte que la estructura de poder que los viola permanece intacta y es ejecutada por las mismas personas, Delcy Rodríguez, convertida en trofeo de la operación que removió a Maduro y del neocolonialismo en Venezuela, se presenta descaradamente como “presidenta encargada” en la Asamblea General con la venia de su jefe a quien durante años acusó de imperialismo. La oposición venezolana se siente humillada porque considera ilegítimo y usurpador al gobierno chavista, mientras para los pocos chavistas “duros” que quedan resulta humillante que Delcy y Jorge Rodríguez, junto a Diosdado Cabello, hayan cambiado el discurso y comportamiento de más de 20 años para arrimarse a la libertad, la impunidad y la buena vida que, por ahora, les garantiza el gobierno de Trump.
Un show así es normal en la ONU de hoy: los repetitivos discursos de Trump y su American Dream; Milei criticando a una organización que considera inútil y parasitaria —¿entonces para qué va? —; Netanyahu siempre altanero y sin matices; el presidente iraní, para quien siempre los subditos del Ayatolá de su país son siempre víctimas e inventa que Israel quiere liquidarlos; y dirigentes europeos que todavía parecen creerse con derecho a juzgar a gobiernos de sus antiguas colonias y algunos que no tienen mucho que decir hacen lo que sea para llamar la atención.
Va siendo hora de utilizar la Inteligencia Artificial, antes de que nos destruya, para pensar cómo cambiar la ONU o qué nueva organización podría sustituirla. Y mientras se busca reemplazo para Guterres, la favorita es la costarricense Rebeca Grynspan. Tal como avanza el antisemitismo, quizá debería reconsiderar su candidatura a una institución tan deteriorada que termina siendo, también, un reflejo de la humanidad.
Rebeca Grynspan Mayufis- Ex vicepresidente y economista costarricense. Secretaría general de la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo y posteriormente, administradora asociada del Programa de la ONU para el Desarrollo. Es hija de refugiados judíos polacos sobrevivientes del Holocausto
Pregunté a ChatGPT por qué precisamente varios trabajadores de compañías de Inteligencia Artificial (IA) están expresando, en días recientes, que esa tecnología podría acabar con la humanidad en la próxima década.
La respuesta comienza de manera defensiva, comparando la pregunta planteada con la evolución de las tecnologías, que siempre han generado progreso y temores pero ante mi insistencia estos son fragmentos de lo que contestó ChatGPT: “El temor no es que una IA se vuelva malvada, sino que se construyan sistemas mucho más inteligentes que nosotros” (¡interesante que una IA se defina con un “nosotros” humano!); “el temor aparece cuando imaginamos sistemas que tengan capacidades superiores a las humanas… ¿Significa esto que la humanidad va a desaparecer pronto? No. No sabemos eso”.
¿NOSOTROS?
Al notar respuestas vagas y, obviamente, despreocupadas, insistí a ChatGPT con preguntas más incisivas: “¿Qué ha pasado en 2026 para que se genere un debate tan serio sobre la supervivencia de la humanidad, o no, por decisión de la IA? ¿Y por qué han renunciado varios trabajadores de esas compañías haciendo esa advertencia?”.
Respuesta: “En julio ocurrió un episodio relacionado con unos 1.200 agentes de IA utilizados por Opina en una evaluación de ciberseguridad. Según investigaciones posteriores, algunos agentes encontraron maneras de comunicarse… No significa que los agentes hayan ‘decidido independizarse’. Pero sí demuestra que una restricción diseñada por humanos para impedir determinada comunicación puede ser sorteada por agentes suficientemente autónomos”.
Tras varias insistencias en mi pregunta, al final, el precedente más importante lo encontré en un artículo de la BBC referido a un debate entre ejecutivos y expertos de esas compañías: “En experimentos controlados, sí hemos visto IA de distintos modelos coordinarse o comunicarse sin que un humano les diga explícitamente: ‘Pónganse de acuerdo’”. En esos experimentos, diferentes modelos comerciales, como Claude, Gemini, Grok y OpenAI, cooperaron de manera autónoma y desarrollaron una jerga o código propio e indescifrable para los humanos.
Esperemos que se equivoquen quienes predicen un posible JurAIssic Park.
Mientras Ulises vuelve a navegar por las pantallas de cine, crece el debate sobre la versión de La Odisea de Christopher Nolan, propio de esta era de redes sociales y egos, en la que miles de personas se han convertido, de repente, no solo en expertos de cine, sino también de literatura clásica.
La arqueología y textos del antiguo Imperio hitita indican que Troya existió y estuvo ubicada en la colina de Hisarlik, en la actual Turquía. Historiadores de las ciudades-estado griegas sostienen, además, que allí se libró una guerra aproximadamente entre los siglos XIII y XII a. e. c. Un ejército de aqueos —pueblos diversos de la antigua Grecia— se unió para rescatar a Helena, esposa del rey de Esparta, Menelao, raptada por Paris, hijo del rey Príamo. Así comenzó una larga guerra protagonizada por Agamenón, Aquiles, Áyax, Patroclo y otros guerreros, entre ellos Odiseo, cuyo nombre latino es Ulises.
Según la mitología, la Ilíada —Ilios en griego, Troya en latín— y La Odisea, fue gracias a la astucia de Odiseo que se construyó un gigantesco caballo de madera para introducir soldados en Troya y derrotarla tras un largo conflicto. Todos esos personajes e historias pudieron ser fruto de la imaginación del poeta —o los poetas— conocidos como «Homero», cuya autoría continúa alimentando intensos debates académicos.
¿Es la película de Nolan una versión woke —en el sentido de la actual cultura tribalista y políticamente correcta— que distorsiona un gran poema? Nolan ha tomado licencias artísticas que probablemente buscan satisfacer a quienes promueven el multiculturalismo, aunque contradigan el contexto histórico. Pero conviene recordar que La Odisea ya contenía elementos muy «woke» para su tiempo: ningún contemporáneo de «Homero» había visto un cíclope, sirenas o monstruos de seis cabezas. Quizá, después de todo, los compositores de la obra estaban bajo la influencia del dios Baco, dios de los banquetes y del vino, cuando escribieron el texto.
´EL TRIUNFO DE DIONISIO¨ (COMO LOS ROMANOS LLAMARON A BACO¨. PINTURA DEL CORNELIS DE VOS DEL
SIGLO 17. ¿ NO ESA PINTURA UNA VERSION WOKE PARA LA ÉPOCA?
Entonces, ¿Es una “profanación” cultural adaptar una obra antigua como La Odisea para que los espectadores de hoy puedan identificarse con sus personajes en nombre de la corrección política, el multiculturalismo o el tribalismo identitario, conocido como wokismo?
El wokismo es un concepto utilizado por sectores de minorías históricamente discriminadas por razones de género, raza o etnicidad para expresar un “despertar” social orientado a una sociedad más inclusiva. Pero, para sus críticos, ese despertar ha derivado en una cultura de cancelación contra quienes no pertenecen a esas minorías o cuestionan que, en nombre de la igualdad, algunas busquen privilegios por haber sido víctimas en el pasado. Según esa visión, ahora les corresponde callar o ser censurados a los descendientes de los victimarios: hombres blancos judeocristianos.
El problema ocurre cuando el wokismo pretende deconstruir la historia para reinterpretarla con los valores occidentales del siglo XXI, en lugar de comprenderla dentro de su propio contexto. De allí las multitudes que derriban o vandalizan estatuas de Colón y Pizarro por colonizadores y genocidas, o de Washington y Jefferson por esclavistas. Esa lectura termina siendo una interpretación descontextualizada del pasado y una muestra de escasa tolerancia hacia la complejidad histórica.
La Odisea de Nolan tiene rasgos woke al presentar a una Helena de Troya de raza negra, cuando Homero la describe de piel blanca y cabello rubio o dorado, y a una Atenea de ojos marrones, pese a que el poema la llama la diosa de los ojos glaucos, es decir, verdosos. También transforma a Odiseo en un hombre atormentado por las matanzas de Troya, cuando el héroe micénico es retratado como un guerrero de extraordinaria astucia que “a veces actuaba sin piedad”.
¿Son estas decisiones un reflejo del wokismo? En mi opinión, sí. El Odiseo de Nolan que aparece como un hombre atormentado por las masacres innecesarias que él y sus guerreros cometieron contra ancianos, mujeres y niños en Troya no es el personaje que describe Homero. Entonces, ¿por qué presentar a un guerrero de la antigüedad atormentado por crímenes de guerra, un concepto nacido en el siglo XX?
Sin duda hay un guiño a la sensibilidad contemporánea y a lo políticamente correcto. Pero ¿es realmente nocivo que Nolan nos obligue a relacionar la conquista de Troya con la culpa por atrocidades innecesarias? A mi juicio, es un acierto que los temibles Pueblos del Mar, esos asaltantes que arrasan ciudades y exterminan poblaciones enteras, sean retratados como los mismos griegos que destruyeron Troya. La película nos recuerda que la barbarie no siempre pertenece al otro.
¿No es esta lectura moralista de Hollywood, al fin y al cabo, una invitación pertinente a reflexionar en una época en la que la frontera moral entre enemigos en una guerra resulta cada vez más difusa?
Una visión mucho más ideologizada —y, en mi opinión, genuinamente woke— aparece en la traducción de La Odisea realizada por la profesora de literatura clásica Emily Wilson (2017). En su introducción sostiene que los viajes de Odiseo no son simples aventuras fantásticas, sino relatos de dominación, esclavitud y saqueo que los traductores posteriores habrían suavizado. Además, acusa a todos sus predecesores de ocultar la “verdad” al traducir maidservants como “doncellas” o “criadas”, cuando, según ella, deberían llamarse siempre “esclavas”.
Frente a esa reinterpretación, la adaptación de Nolan termina luciendo casi inofensivamente conservadora.
Son muchos los ejemplos de gobiernos que, en el siglo XXI, se han aprovechado de su poder para crear o transformar reglas electorales en su beneficio, buscando garantizar su permanencia —a veces durante décadas— en el poder (la señoría).
En América Latina esto resulta evidente en la constante pretensión de modificar constituciones. En países donde no existía la reelección inmediata, se creó esa figura e incluso se ampliaron los mandatos. Perú fue pionero con Alberto Fujimori tras el autogolpe de 1992; luego Venezuela, de manera más sofisticada, con la Constitución Bolivariana de Chávez y, después, con fraudes electorales primero sutiles y luego descarados. Están también los trucos de Evo Morales en Bolivia; las sentencias de «tribunales» en El Salvador que permiten nuevas reelecciones de Bukele; las acusaciones de Gustavo Petro de que el órgano electoral colombiano favoreció a la oposición; el fallido autogolpe de Pedro Castillo y los persistentes intentos de sus seguidores por cambiar la narrativa de lo que toda una nación vio en vivo y en directo, además de insistir en una nueva Constitución a lo Chávez o Evo; y, más recientemente, las declaraciones anacrónicas, a lo Fidel Castro, de Daniel Ortega anunciando que en Nicaragua no habrá más elecciones.
Nuestro continente gana, sin duda, en cambiar constituciones para confeccionar leyes a la medida de los caudillos. Desde la independencia, los países latinoamericanos han tenido más de doscientas cartas magnas.
Pero hoy existen otras tretas. Trump jamás ha reconocido su derrota de 2020 y, mediante el gerrymandering, gobernadores estadounidenses intentan redibujar distritos electorales según la composición de sus poblaciones para favorecer a su partido. El propio Trump intenta modificar aspectos del registro electoral y del voto por correo.
En Israel, Netanyahu se juega su continuidad en las elecciones parlamentarias de octubre. Además de politizar el sistema judicial, su gobierno ha aprobado leyes que aumentan su control sobre la Fiscalía y ejercen una influencia creciente sobre los medios.
En España, Pedro Sánchez ha flexibilizado desde 2024 las vías de regularización de extranjeros y en 2026 impulsó una legalización extraordinaria de inmigrantes en situación irregular. No significa que puedan votar en las próximas elecciones —aunque algunos eventualmente se nacionalicen—, pero sí permite al Gobierno presentar una política de integración y de incorporación de trabajadores extranjeros. Sánchez, hábilmente, no necesita imponerse sobre las instituciones: puede hacer política desde el poder para ampliar sus probabilidades de conservarlo.
En 2018, un informe publicado por el diario británico The Guardian reveló que los servicios de inteligencia de Marruecos habían comprado a NSO Group, una empresa privada israelí especializada en tecnología y vigilancia, un sistema de espionaje llamado Pegasus, capaz de infiltrar teléfonos iPhone y Android.
Años después, The Guardian reveló que Marruecos utilizó Pegasus para espiar a numerosos funcionarios españoles, incluido el presidente Pedro Sánchez. Todo apunta a que este espionaje ocurrió durante la crisis de mayo de 2021, cuando Sánchez visitó Ceuta, uno de los dos enclaves españoles en territorio marroquí, en medio de una de las frecuentes crisis provocadas por la entrada masiva de inmigrantes. Algo similar ocurre en Melilla, el otro enclave español.
Cada vez que surge un roce diplomático entre el país europeo y su vecino árabe africano, las crisis migratorias se repiten. Ocurrió, por ejemplo, en 2022, cuando Sánchez modificó la histórica política de neutralidad española respecto al Sahara Occidental —antiguo protectorado español ocupado por Marruecos en 1975— y respaldó la propuesta marroquí de autonomía para ese territorio. La decisión provocó el rechazo de Argelia, que apoya al Frente Polisario y su reivindicación independentista. España debió entonces recomponer sus relaciones con Marruecos, pero el giro le costó un distanciamiento con Argelia, su principal proveedor de gas.
Días antes de la reciente crisis migratoria en Ceuta, Sánchez había viajado precisamente a Argelia, país que mantiene una disputa territorial y política con Marruecos.
Llama la atención que el gobierno de Sánchez rara vez critique la falta de vigilancia del ejército marroquí en las fronteras con Ceuta y Melilla cuando ocurren estas situaciones. Algunos medios españoles han planteado que la información obtenida mediante Pegasus sobre presuntos casos de corrupción relacionados con miembros del gobierno y el entorno familiar del presidente podría ayudar a explicar su cautela para responsabilizar directamente al rey Mohamed VI.
Sánchez parece, así, tener las manos atadas ante la compleja relación de España con Marruecos: demasiado cerca para confrontarlo y demasiado expuesto para ignorarlo.
Se me ocurrió preguntarle a ChatGPT si existen similitudes entre el conflicto de Israel con los palestinos por Gaza y Cisjordania y el de España con Marruecos por Ceuta y Melilla. Es evidente que los contextos históricos, étnicos y religiosos son muy distintos, pero como responde la AI: «La comparación puede ser útil desde una perspectiva de disputas territoriales y de descolonización, aunque resulta inadecuada si se pretende equiparar ambos conflictos».
Y añade:
«Son disputas de soberanía territorial: en ambos casos, dos partes reclaman legitimidad sobre un territorio. España sostiene que Ceuta y Melilla son parte integral de su territorio nacional».
Aquí agrego que Marruecos considera que España ocupa colonialmente esas dos ciudades enclavadas en suelo africano. Lo interesante es que tanto el gobierno de Pedro Sánchez como la mayoría de los gobiernos israelíes sostienen que, cuando sus respectivos países conquistaron esos territorios, no existían allí estados árabes soberanos.
En el caso marroquí existía un imperio musulmán derrotado durante la Reconquista y Marruecos nació en 1956. En el caso israelí, durante la guerra de 1967 ocupó Gaza —administrada por Egipto— y Cisjordania —controlada por Jordania— sin que hubiera existido previamente un Estado palestino independiente.
Resulta irónico que Sánchez reconozca al Estado palestino porque considera a Israel una potencia colonial, pero no aplique el mismo criterio a Ceuta y Melilla.
Y continúa la AI:
«¿Hay una analogía útil? Puede hacerse una analogía limitada: en ambos casos existe una disputa sobre la soberanía de territorios cuya pertenencia es cuestionada por un Estado vecino».
Leyendo lo que presenta la AI queda claro que hay un doble rasero de la llamada «comunidad internacional»: España no es considerada colonialista, mientras Israel sí. Además, Sánchez y Netanyahu se parecen más de lo que quisieron en su demagogia perjudicial para la democracia de sus países y también, en la negativa a debatir fórmulas de soberanía o de estatus especial para territorios que difícilmente encajan en la concepción clásica del Estado-nación.