Pregunté a ChatGPT por qué precisamente varios trabajadores de compañías de Inteligencia Artificial (IA) están expresando, en días recientes, que esa tecnología podría acabar con la humanidad en la próxima década.
La respuesta comienza de manera defensiva, comparando la pregunta planteada con la evolución de las tecnologías, que siempre han generado progreso y temores pero ante mi insistencia estos son fragmentos de lo que contestó ChatGPT: “El temor no es que una IA se vuelva malvada, sino que se construyan sistemas mucho más inteligentes que nosotros” (¡interesante que una IA se defina con un “nosotros” humano!); “el temor aparece cuando imaginamos sistemas que tengan capacidades superiores a las humanas… ¿Significa esto que la humanidad va a desaparecer pronto? No. No sabemos eso”.
¿NOSOTROS?
Al notar respuestas vagas y, obviamente, despreocupadas, insistí a ChatGPT con preguntas más incisivas: “¿Qué ha pasado en 2026 para que se genere un debate tan serio sobre la supervivencia de la humanidad, o no, por decisión de la IA? ¿Y por qué han renunciado varios trabajadores de esas compañías haciendo esa advertencia?”.
Respuesta: “En julio ocurrió un episodio relacionado con unos 1.200 agentes de IA utilizados por Opina en una evaluación de ciberseguridad. Según investigaciones posteriores, algunos agentes encontraron maneras de comunicarse… No significa que los agentes hayan ‘decidido independizarse’. Pero sí demuestra que una restricción diseñada por humanos para impedir determinada comunicación puede ser sorteada por agentes suficientemente autónomos”.
Tras varias insistencias en mi pregunta, al final, el precedente más importante lo encontré en un artículo de la BBC referido a un debate entre ejecutivos y expertos de esas compañías: “En experimentos controlados, sí hemos visto IA de distintos modelos coordinarse o comunicarse sin que un humano les diga explícitamente: ‘Pónganse de acuerdo’”. En esos experimentos, diferentes modelos comerciales, como Claude, Gemini, Grok y OpenAI, cooperaron de manera autónoma y desarrollaron una jerga o código propio e indescifrable para los humanos.
Esperemos que se equivoquen quienes predicen un posible JurAIssic Park.
Mientras Ulises vuelve a navegar por las pantallas de cine, crece el debate sobre la versión de La Odisea de Christopher Nolan, propio de esta era de redes sociales y egos, en la que miles de personas se han convertido, de repente, no solo en expertos de cine, sino también de literatura clásica.
La arqueología y textos del antiguo Imperio hitita indican que Troya existió y estuvo ubicada en la colina de Hisarlik, en la actual Turquía. Historiadores de las ciudades-estado griegas sostienen, además, que allí se libró una guerra aproximadamente entre los siglos XIII y XII a. e. c. Un ejército de aqueos —pueblos diversos de la antigua Grecia— se unió para rescatar a Helena, esposa del rey de Esparta, Menelao, raptada por Paris, hijo del rey Príamo. Así comenzó una larga guerra protagonizada por Agamenón, Aquiles, Áyax, Patroclo y otros guerreros, entre ellos Odiseo, cuyo nombre latino es Ulises.
Según la mitología, la Ilíada —Ilios en griego, Troya en latín— y La Odisea, fue gracias a la astucia de Odiseo que se construyó un gigantesco caballo de madera para introducir soldados en Troya y derrotarla tras un largo conflicto. Todos esos personajes e historias pudieron ser fruto de la imaginación del poeta —o los poetas— conocidos como «Homero», cuya autoría continúa alimentando intensos debates académicos.
¿Es la película de Nolan una versión woke —en el sentido de la actual cultura tribalista y políticamente correcta— que distorsiona un gran poema? Nolan ha tomado licencias artísticas que probablemente buscan satisfacer a quienes promueven el multiculturalismo, aunque contradigan el contexto histórico. Pero conviene recordar que La Odisea ya contenía elementos muy «woke» para su tiempo: ningún contemporáneo de «Homero» había visto un cíclope, sirenas o monstruos de seis cabezas. Quizá, después de todo, los compositores de la obra estaban bajo la influencia del dios Baco, dios de los banquetes y del vino, cuando escribieron el texto.
´EL TRIUNFO DE DIONISIO¨ (COMO LOS ROMANOS LLAMARON A BACO¨. PINTURA DEL CORNELIS DE VOS DEL
SIGLO 17. ¿ NO ESA PINTURA UNA VERSION WOKE PARA LA ÉPOCA?
Entonces, ¿Es una “profanación” cultural adaptar una obra antigua como La Odisea para que los espectadores de hoy puedan identificarse con sus personajes en nombre de la corrección política, el multiculturalismo o el tribalismo identitario, conocido como wokismo?
El wokismo es un concepto utilizado por sectores de minorías históricamente discriminadas por razones de género, raza o etnicidad para expresar un “despertar” social orientado a una sociedad más inclusiva. Pero, para sus críticos, ese despertar ha derivado en una cultura de cancelación contra quienes no pertenecen a esas minorías o cuestionan que, en nombre de la igualdad, algunas busquen privilegios por haber sido víctimas en el pasado. Según esa visión, ahora les corresponde callar o ser censurados a los descendientes de los victimarios: hombres blancos judeocristianos.
El problema ocurre cuando el wokismo pretende deconstruir la historia para reinterpretarla con los valores occidentales del siglo XXI, en lugar de comprenderla dentro de su propio contexto. De allí las multitudes que derriban o vandalizan estatuas de Colón y Pizarro por colonizadores y genocidas, o de Washington y Jefferson por esclavistas. Esa lectura termina siendo una interpretación descontextualizada del pasado y una muestra de escasa tolerancia hacia la complejidad histórica.
La Odisea de Nolan tiene rasgos woke al presentar a una Helena de Troya de raza negra, cuando Homero la describe de piel blanca y cabello rubio o dorado, y a una Atenea de ojos marrones, pese a que el poema la llama la diosa de los ojos glaucos, es decir, verdosos. También transforma a Odiseo en un hombre atormentado por las matanzas de Troya, cuando el héroe micénico es retratado como un guerrero de extraordinaria astucia que “a veces actuaba sin piedad”.
¿Son estas decisiones un reflejo del wokismo? En mi opinión, sí. El Odiseo de Nolan que aparece como un hombre atormentado por las masacres innecesarias que él y sus guerreros cometieron contra ancianos, mujeres y niños en Troya no es el personaje que describe Homero. Entonces, ¿por qué presentar a un guerrero de la antigüedad atormentado por crímenes de guerra, un concepto nacido en el siglo XX?
Sin duda hay un guiño a la sensibilidad contemporánea y a lo políticamente correcto. Pero ¿es realmente nocivo que Nolan nos obligue a relacionar la conquista de Troya con la culpa por atrocidades innecesarias? A mi juicio, es un acierto que los temibles Pueblos del Mar, esos asaltantes que arrasan ciudades y exterminan poblaciones enteras, sean retratados como los mismos griegos que destruyeron Troya. La película nos recuerda que la barbarie no siempre pertenece al otro.
¿No es esta lectura moralista de Hollywood, al fin y al cabo, una invitación pertinente a reflexionar en una época en la que la frontera moral entre enemigos en una guerra resulta cada vez más difusa?
Una visión mucho más ideologizada —y, en mi opinión, genuinamente woke— aparece en la traducción de La Odisea realizada por la profesora de literatura clásica Emily Wilson (2017). En su introducción sostiene que los viajes de Odiseo no son simples aventuras fantásticas, sino relatos de dominación, esclavitud y saqueo que los traductores posteriores habrían suavizado. Además, acusa a todos sus predecesores de ocultar la “verdad” al traducir maidservants como “doncellas” o “criadas”, cuando, según ella, deberían llamarse siempre “esclavas”.
Frente a esa reinterpretación, la adaptación de Nolan termina luciendo casi inofensivamente conservadora.
Son muchos los ejemplos de gobiernos que, en el siglo XXI, se han aprovechado de su poder para crear o transformar reglas electorales en su beneficio, buscando garantizar su permanencia —a veces durante décadas— en el poder (la señoría).
En América Latina esto resulta evidente en la constante pretensión de modificar constituciones. En países donde no existía la reelección inmediata, se creó esa figura e incluso se ampliaron los mandatos. Perú fue pionero con Alberto Fujimori tras el autogolpe de 1992; luego Venezuela, de manera más sofisticada, con la Constitución Bolivariana de Chávez y, después, con fraudes electorales primero sutiles y luego descarados. Están también los trucos de Evo Morales en Bolivia; las sentencias de «tribunales» en El Salvador que permiten nuevas reelecciones de Bukele; las acusaciones de Gustavo Petro de que el órgano electoral colombiano favoreció a la oposición; el fallido autogolpe de Pedro Castillo y los persistentes intentos de sus seguidores por cambiar la narrativa de lo que toda una nación vio en vivo y en directo, además de insistir en una nueva Constitución a lo Chávez o Evo; y, más recientemente, las declaraciones anacrónicas, a lo Fidel Castro, de Daniel Ortega anunciando que en Nicaragua no habrá más elecciones.
Nuestro continente gana, sin duda, en cambiar constituciones para confeccionar leyes a la medida de los caudillos. Desde la independencia, los países latinoamericanos han tenido más de doscientas cartas magnas.
Pero hoy existen otras tretas. Trump jamás ha reconocido su derrota de 2020 y, mediante el gerrymandering, gobernadores estadounidenses intentan redibujar distritos electorales según la composición de sus poblaciones para favorecer a su partido. El propio Trump intenta modificar aspectos del registro electoral y del voto por correo.
En Israel, Netanyahu se juega su continuidad en las elecciones parlamentarias de octubre. Además de politizar el sistema judicial, su gobierno ha aprobado leyes que aumentan su control sobre la Fiscalía y ejercen una influencia creciente sobre los medios.
En España, Pedro Sánchez ha flexibilizado desde 2024 las vías de regularización de extranjeros y en 2026 impulsó una legalización extraordinaria de inmigrantes en situación irregular. No significa que puedan votar en las próximas elecciones —aunque algunos eventualmente se nacionalicen—, pero sí permite al Gobierno presentar una política de integración y de incorporación de trabajadores extranjeros. Sánchez, hábilmente, no necesita imponerse sobre las instituciones: puede hacer política desde el poder para ampliar sus probabilidades de conservarlo.
En 2018, un informe publicado por el diario británico The Guardian reveló que los servicios de inteligencia de Marruecos habían comprado a NSO Group, una empresa privada israelí especializada en tecnología y vigilancia, un sistema de espionaje llamado Pegasus, capaz de infiltrar teléfonos iPhone y Android.
Años después, The Guardian reveló que Marruecos utilizó Pegasus para espiar a numerosos funcionarios españoles, incluido el presidente Pedro Sánchez. Todo apunta a que este espionaje ocurrió durante la crisis de mayo de 2021, cuando Sánchez visitó Ceuta, uno de los dos enclaves españoles en territorio marroquí, en medio de una de las frecuentes crisis provocadas por la entrada masiva de inmigrantes. Algo similar ocurre en Melilla, el otro enclave español.
Cada vez que surge un roce diplomático entre el país europeo y su vecino árabe africano, las crisis migratorias se repiten. Ocurrió, por ejemplo, en 2022, cuando Sánchez modificó la histórica política de neutralidad española respecto al Sahara Occidental —antiguo protectorado español ocupado por Marruecos en 1975— y respaldó la propuesta marroquí de autonomía para ese territorio. La decisión provocó el rechazo de Argelia, que apoya al Frente Polisario y su reivindicación independentista. España debió entonces recomponer sus relaciones con Marruecos, pero el giro le costó un distanciamiento con Argelia, su principal proveedor de gas.
Días antes de la reciente crisis migratoria en Ceuta, Sánchez había viajado precisamente a Argelia, país que mantiene una disputa territorial y política con Marruecos.
Llama la atención que el gobierno de Sánchez rara vez critique la falta de vigilancia del ejército marroquí en las fronteras con Ceuta y Melilla cuando ocurren estas situaciones. Algunos medios españoles han planteado que la información obtenida mediante Pegasus sobre presuntos casos de corrupción relacionados con miembros del gobierno y el entorno familiar del presidente podría ayudar a explicar su cautela para responsabilizar directamente al rey Mohamed VI.
Sánchez parece, así, tener las manos atadas ante la compleja relación de España con Marruecos: demasiado cerca para confrontarlo y demasiado expuesto para ignorarlo.
Se me ocurrió preguntarle a ChatGPT si existen similitudes entre el conflicto de Israel con los palestinos por Gaza y Cisjordania y el de España con Marruecos por Ceuta y Melilla. Es evidente que los contextos históricos, étnicos y religiosos son muy distintos, pero como responde la AI: «La comparación puede ser útil desde una perspectiva de disputas territoriales y de descolonización, aunque resulta inadecuada si se pretende equiparar ambos conflictos».
Y añade:
«Son disputas de soberanía territorial: en ambos casos, dos partes reclaman legitimidad sobre un territorio. España sostiene que Ceuta y Melilla son parte integral de su territorio nacional».
Aquí agrego que Marruecos considera que España ocupa colonialmente esas dos ciudades enclavadas en suelo africano. Lo interesante es que tanto el gobierno de Pedro Sánchez como la mayoría de los gobiernos israelíes sostienen que, cuando sus respectivos países conquistaron esos territorios, no existían allí estados árabes soberanos.
En el caso marroquí existía un imperio musulmán derrotado durante la Reconquista y Marruecos nació en 1956. En el caso israelí, durante la guerra de 1967 ocupó Gaza —administrada por Egipto— y Cisjordania —controlada por Jordania— sin que hubiera existido previamente un Estado palestino independiente.
Resulta irónico que Sánchez reconozca al Estado palestino porque considera a Israel una potencia colonial, pero no aplique el mismo criterio a Ceuta y Melilla.
Y continúa la AI:
«¿Hay una analogía útil? Puede hacerse una analogía limitada: en ambos casos existe una disputa sobre la soberanía de territorios cuya pertenencia es cuestionada por un Estado vecino».
Leyendo lo que presenta la AI queda claro que hay un doble rasero de la llamada «comunidad internacional»: España no es considerada colonialista, mientras Israel sí. Además, Sánchez y Netanyahu se parecen más de lo que quisieron en su demagogia perjudicial para la democracia de sus países y también, en la negativa a debatir fórmulas de soberanía o de estatus especial para territorios que difícilmente encajan en la concepción clásica del Estado-nación.
Hay mucho que comentar del Mundial 2026 como deporte, como espectáculo y, también, sobre su trasfondo político. Ahí está, por ejemplo, el exagerado protagonismo de Trump durante el torneo: no solo acaparó titulares, sino que presionó a la FIFA para «indultar» a un futbolista estadounidense expulsado y permitirle disputar la siguiente fase contra Bélgica.
Un aficionado podría preguntarse por qué el director técnico argentino, Mauricio Pochettino, no prescindió del jugador, pero esa decisión abre otro debate, mucho más complejo, donde se entrecruzan la ética, la autonomía deportiva y la posible coacción política.
Otro episodio lamentable fue el trato dispensado a la selección de Irán. Sus jugadores recibieron visados de apenas veinticuatro horas y, pese a concentrarse en México, debían viajar a ciudades de Estados Unidos y regresar de inmediato, soportando un desgaste físico y una presión psicológica que ningún deportista debería padecer por conflictos entre gobiernos.
A ello se sumó el cartel sobre las islas Malvinas exhibido tras el partido entre Argentina e Inglaterra, pese a que, en la conferencia previa, el técnico argentino había sido categórico al afirmar que aquello era solo fútbol y que el diferendo político no debía trasladarse a la cancha.
Podríamos detenernos en otros episodios que empañan la imagen de Infantino y de sus secuaces en la FIFA: la adaptación del fútbol a las pausas comerciales estadounidenses, los tiempos de hidratación, el espectáculo de medio tiempo en la final, arbitrajes muy discutibles y otras concesiones a intereses ajenos al deporte. Todo ello los convierte en dignos herederos de Blatter y de tantos dirigentes cuya gestión estuvo más cerca del escándalo que del espíritu futbolístico.
Prefiero, sin embargo, quedarme con mejores recuerdos del Mundial: la original presentación de las banderas y los himnos nacionales; el talento de Messi, Harry Kane, Halland y tantas otras figuras; el fútbol elegante de la campeona España liderada por Rodrigo y Cucurela; los rituales de victoria de los vikingos noruegos; la consolidación de las selecciones africanas y, por encima de todo, el extraordinario arquero Vocinha y la memorable selección de Cabo Verde.
FUENTE: Vasvel Motion Pictures. SPORTCHANNEL.
PODCAST- DE POCO UN TODO, CONDUCIDO POR ISAAC NAHÓN Y ARIEL SEGAL.
Seguimos comentando algunos de los himnos entonados en el Mundial 2026.
El himno nacional más antiguo es el «Wilhelmus» («Guillermo»), cantado en los Países Bajos desde el siglo XVI. Fue escrito durante la guerra de independencia de las provincias neerlandesas contra España y recibe su nombre en honor a Guillermo de Orange, figura clave de esa lucha e impulsor del protestantismo en la nación.
El origen del himno español es incierto, aunque su melodía aparece en un manual militar del siglo XVIII. En 1770, el rey Carlos III la declaró marcha oficial para las ceremonias de la monarquía, razón por la cual pasó a conocerse como «Marcha Real». Hubo varios intentos de dotarlo de una letra, especialmente durante el franquismo, pero tras la transición democrática se decidió oficializar en 1997 únicamente la melodía para evitar controversias ideológicas y reflejar la diversidad cultural y lingüística de España. Solo otros tres países carecen también de letra en sus himnos: Bosnia y Herzegovina, Kosovo y San Marino.
SOBRE EL HIMNO DE ESPAÑA Y DE OTROS PAÍSES. FUENTE: EFECTO NAIM.
Tras la Revolución Francesa, «La Marsellesa» se convirtió en el símbolo musical de la República y posteriormente acompañó a Napoleón. Originalmente se tituló «Canto de guerra para el ejército del Rin», pues llamaba a defender la patria frente a Austria y Prusia. Su nombre actual proviene de las tropas de Marsella que la popularizaron. Con el tiempo fue adoptada como himno nacional y hoy su interpretación representa los valores republicanos, no un llamado a la guerra, y mucho menos en un estadio de fútbol.
Por último, «The Star-Spangled Banner», himno de Estados Unidos, nació de un poema inspirado en la resistencia del Fuerte McHenry durante la guerra de 1812. Su autor celebró que, pese al bombardeo británico, la bandera estadounidense continuara ondeando al amanecer.
Curiosamente, la melodía procede de una canción popular interpretada por la Sociedad Anacreóntica de Londres, un club cuyos miembros rendían homenaje al poeta griego Anacreonte mientras compartían comida, bebida y música.
Los comentaristas del Mundial de fútbol tienen en los himnos nacionales de las selecciones participantes un tema tan atractivo como inagotable para desglosar durante las transmisiones. Esos cantos patrióticos emocionan a los ciudadanos de los países que se enfrentan en batallas simbólicas por la victoria y el honor, transformando el nacionalismo en saludables confrontaciones sobre un terreno donde los gladiadores-futbolistas “sudarán la camiseta” por su patria. Que el sudor sustituya a la sangre constituye, sin duda, uno de los grandes avances de la naturaleza humana.
Hay himnos de especial solemnidad, como el de Alemania, La canción de los alemanes (Deutschlandlied), cuya melodía fue compuesta por el gran músico clásico Joseph Haydn en 1797, originalmente como un himno dedicado al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. La letra fue escrita en 1841 por el poeta August Heinrich Hoffmann von Fallersleben. En su versión original constaba de tres estrofas, pero desde 1952 solo se interpreta la tercera, ya que las dos primeras contienen referencias territoriales y nacionalistas que fueron instrumentalizadas por el régimen nazi. La estrofa vigente exalta, en cambio, la unidad, la justicia y la libertad.
Otro himno de gran solemnidad es el de Inglaterra, God Save the King —o God Save the Queen, según el monarca reinante—. Se interpretó públicamente por primera vez en Londres en 1745, durante el reinado de Jorge II, cuando enfrentaba una rebelión que pretendía restaurar a la dinastía de los Estuardo. Una de las teorías más conocidas sostiene que deriva de una composición francesa dedicada a Luis XIV en el siglo XVII y que incluso habría celebrado su recuperación tras una delicada operación de hemorroides.
Con el tiempo, God Save the King se convirtió en el himno del Imperio Británico y sirvió de modelo para numerosos himnos nacionales.
Varios países de la Mancomunidad que compitieron en el Mundial, como Australia, Nueva Zelanda y Canadá, terminaron adoptando composiciones propias. Este último, además, posee dos versiones oficiales de O Canada: una en inglés y otra en francés, reflejo de su carácter bilingüe.
La próxima semana conoceremos más historias detrás de otros himnos que resuenan en el Mundial 2026.
Continuamos con algunas recomendaciones para comentaristas que deben rellenar noventa minutos en partidos que, al menos a primera vista, parecen poco atractivos.
Tomemos como ejemplo el encuentro entre Jordania y Argelia del pasado 22 de junio. Disputado de noche para América Latina y de madrugada para Europa, probablemente no despertó mayor interés fuera de algunos países del Medio Oriente, donde se ubica Jordania, y Argelia en el norte de África, región conocida como el Magreb.
Muchos aficionados asumieron, equivocadamente, que sería un duelo menor. Sin embargo, Argelia remontó en los minutos finales un partido que perdía para imponerse 2-1. Por ende la pelea por el segundo lugar del Grupo J se dio entre Argelia y Austria. Ambos fueron eliminados en la siguiente fase.
También hemos visto en este torneo el buen desempeño de las selecciones africanas, algo que ya no debería sorprender. Desde hace más de tres décadas los equipos de ese continente son competitivos y aportan numerosos futbolistas a las principales ligas europeas. Por eso, en este polémico mundial que aumento la cifra de e 32 a 48 selecciones África cuenta ahora con diez representantes: cuatro son de población mayoritaria árabe: Egipto, Túnez, Argelia y Marruecos y los otros seis son naciones subsaharianas de mayoría étnica africana: Cabo Verde, Costa de Marfil, Ghana, Senegal, República Democrática del Congo y Sudáfrica.
A ellas se suman cuatro selecciones árabes del Medio Oriente: Iraq, Jordania, Qatar y Arabia Saudita.
Una rivalidad futbolística poco conocida es la de Egipto y Argelia, dos selecciones que participan en este Mundial. El episodio más recordado fue denominado “La Guerra del Fútbol de 2009”, durante las eliminatorias para Sudáfrica 2010. Antes del partido decisivo en El Cairo, el autobús de la selección argelina fue apedreado por aficionados locales, dejando varios jugadores heridos. El incidente escaló hasta convertirse en un problema diplomático entre ambos gobiernos.
El desempate tuvo que disputarse en terreno neutral, en Jartum, Sudán. Argelia ganó 1-0 y obtuvo la clasificación al Mundial, pero la violencia volvió a estallar entre seguidores de ambas selecciones.
El fanatismo por el futbol compite también en el islamismo en el mundo árabe y musulmán.
Me muevo. Uno, dos, tres pasos. Nadie puede negar que avancé un poco. Se pueden ver mis huellas en el suelo, pero amanezco en el mismo sitio.
Poema: ¨Me muevo¨. Rafael Cadenas. Memorial. 1977.
Es muy doloroso ver las imágenes y escuchar los testimonios sobre el devastador terremoto que azotó a Venezuela hace pocos días. Pareciera que los habitantes de mi tierra natal padecen una plaga tras otra. Primero fueron veinticinco años de destrucción provocada por los delirios, la perversión y la ineficiencia del chavismo; ahora, cuando parecía que los venezolanos comenzaban a salir de esa pesadilla mediante una transición impulsada bajo el tutelaje de Estados Unidos, la Naturaleza —cuyas leyes no distinguen entre las grandes y las pequeñas preocupaciones humanas— vuelve a golpear al país.
En meses decisivos para negociar una transición para facilitar el retorno de la paz, la tranquilidad y la libertad a Venezuela, ocurre este desastre que obliga a refundar el país, no solo en el plano institucional, sino también desde los escombros que dejaron a millones de personas sin familiares, hogares ni servicios básicos.
El terremoto más «famoso» de la historia venezolana ocurrió el 26 de marzo de 1812. No alcanzó esa notoriedad por su magnitud —que solo comenzó a estudiarse científicamente en el siglo XX—, sino porque ocurrió un Jueves Santo, pocos meses después de la declaración de independencia. Muchos clérigos partidarios de la Corona española lo presentaron como un «castigo divino» por la rebelión contra el rey.
Numerosos soldados independentistas, diezmados por la tragedia, cambiaron entonces de bando y varias poblaciones se rindieron sin combatir. Fue en ese contexto cuando nació la célebre frase atribuida a Simón Bolívar: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca», recogida o inventada por el médico y periodista José Domingo Díaz en Recuerdos sobre la rebelión de Caracas (1829).
El artista plástico venezolano Tito Salas recreó este momento histórico en su famoso óleo sobre tela de 1929
No es tiempo de leyendas ni de demagogia, sino de ayuda humanitaria y reconstrucción. Pero cuidado: que los recursos no terminen otra vez en manos de quienes durante años han jugado con el hambre, la salud y la esperanza de los venezolanos. Como escribió el poeta Rafael Cadenas: «Amanezco en el mismo sitio»…
EDITORIAL DE CÉSAR MIGUEL RONDÓN EN SU PROGRAMA CMRHOY
Venezuela no está sola. Una joven canta “Venezuela No Está Sola”, una canción emotiva dedicada a Venezuela, a los damnificados y a todas las familias que están lejos sin poder abrazar a sus seres queridos. Cantautora: Elena Rose. El Don de la Voz.
A CONTINUACIÓN UN HOMENAJE A VENEZUELA CON CANCIONES FOLCLÓRICAS Y/O DEDICADAS AL PAÍS POR ALGUNOS CANTANTES:
YORDANO, CANCIÓN ¨QUIERO VIVIR¨.
ILÁN CHESTER: “VIAJERA DEL RÍO”, UN VALS DEL COMPOSITOR MANUEL YÁNEZ, CANCIÓN EMBLEMÁTICA DE GUAYANA Y DEL ESTADO BOLÍVAR.
SIMÓN DÍAZ, FALLECIDO CANTAUTOR, COMPOSITOR DE ¨CABALLO VIEJO¨
JOROPO, MÚSICA LLANERA.
LA GUITARRISTA CROATA ANA VIDOVIC INTERPRETANDO VALS DEL LEGENDARIO ANTONIO LAURO.